El estudio de la comunicación hoy en día considera aspectos que hasta hace algunos años eran opuestos paradigmas. La compresión holística del fenómeno comunicacional permite ser observada como una secuencia de acciones lingüísticas que generan relaciones, internas y externas; acercándonos también a aquello que nos constituye en el ser que somos hoy (racional, emocional, corporal y energético).

Para poner en contexto, a continuación algunas referencias…

La palabra comunicación tiene su origen en el latín. Proviene del verbo comunicare y este de comunis, comune, cuyo significado es: “Común, que pertenece a varios o a todos”

La idea original de este verbo es convertir algo en común para todos, compartir información, es una acción que nos involucra con otros. ¿Lo hacemos?
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La filosofía del lenguaje propone que las palabras generan realidad, hacen que las cosas ocurran (J.L. Austin). Las palabras no solamente describen el mundo, con ellas también es posible “accionar”, se puede cambiar el curso de las cosas por medio del lenguaje. Por ejemplo, después de declarar verbalmente a otra persona “te amo” la relación puede toman otro rumbo.

Dado que el lenguaje es acción, cuando hablamos ejecutamos un número restringido y específico de acciones lingüísticas. El autor John R. Searle las categorizó en afirmaciones, solicitudes, promesas, juicios y declaraciones.

Estamos permanente comunicándonos, entregando y recibiendo de diversas señales, mensajes, palabras, que traducimos (interpretamos) según nuestra historia y estado actual. Es imposible no comunicar, Paul Watzlawick lo explica en su teoría de la comunicación humana y los 5 axiomas de la comunicación. Existe un mensaje implícito y otro explícito en cada mensaje, donde cada uno interpreta al otro como una reacción de su comportamiento.


Nos revelamos en el lenguaje

El lenguaje no es ingenuo, permanentemente nos revelamos mediante las palabras ejerciendo influencia en nosotros y el resto, impactando en nuestra identidad privada y pública. Nos mostramos permanentemente (explícita o implícitamente).

También nos comunicamos con el lenguaje del cuerpo (comunicación no verbal), las expresiones del rostro, un apretón de manos, un abrazo, un gesto; y también lo hacemos con el silencio en una conversación, con el ritmo al hablar y también con la potencia sonora de las palabras (paralingüística).

También, nos comunicamos por medio de la distancia y orientación de nuestros cuerpos en una conversación o en reuniones sociales (proxémica). También con el movimiento de manos, ojos, pies, hombros, rodillas… como cuando levantamos las cejas frente a algo que nos sorprende o cuando inquietamente expulsamos ansiedad con un pié descontrolado.

Nos revelamos al momento de resolver un problema o enfrentar un desafío… con todo revelamos el ser que somos. Comunicamos cuando damos la mano a otra persona, o cuando no la damos y preferimos un beso y/o un abrazo… En todo y con todo nos revelamos: hacia el resto y hacia nosotros. A veces lo hacemos intencionalmente, en otras ocaciones imperceptible a nuestros ojos. No nos detenemos, siempre ocurre.

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El ser que soy

Rafael Echeverría en su libro post-metafísico “La ontología del lenguaje” habla que los seres humanos somos seres que habitamos en el lenguaje. No existimos sin el lenguaje, pensamos en palabras. En su obra explica tres dominios coherentes: emoción, cuerpo y lenguaje. Desde, y en ellos, nos relacionamos (interna y externamente). Esta triada facilita comprender de forma integral la relación del ser humano y el mundo, ese mundo que interpretamos en el lenguaje.

Rafael E. plantea que las cosas serán en función a cómo las hemos experimentado, es decir “vivimos en mundos interpretativos“. Los diferentes fenómenos y resultados  en los que nos vemos envueltos son explicados  dado el particular observador que somos.

Otras disciplinas y teorías complementan lo anterior ampliando el conocimiento del fenómeno comunicacional hacia una concepción del ser integral: convivimos en el mundo con otros seres, y en conjunto formamos gran red neuronal y/o cósmica en la que se sostiene la vida. Las personas somos energía, nos vinculamos unos a otros en espacios relacionales, emocionales y energéticos.

¿Qué tiene que ver esto último con la comunicación?… mucho. Los seres humanos no somos entes segregados: estamos formados por diversas cosas, somos integrales en nuestra concepción (no solo seres que han evolucionado en inteligencia mental). Con toda acción, decisión, rumbo que tomamos, carrera que estudiemos, o relación que construimos, siempre está presente todo lo que somos: nuestra historia en el presente. Si observamos a la comunicación como un fenómeno aislado de aquello que nos constituye estamos ignorando toda la riqueza mental, emocional, corporal y energética que nos completa en “el ser que somos”.

La trampa del lenguaje

El filósofo alemán Nietzsche planteó que estamos remitimos a las reglas sociales donde el lenguaje es una de ellas. Nietzsche plantea que no podemos entender los caminos de la consciencia sin reconocer las trampas y el poder de seducción del lenguaje, y especialmente de esa “vieja hembra engañadora” que es la gramática. Este autor plantea que las palabras no existen ya que fue alguien más quien las creó, y de ello nace una trampa que el mundo (o su lengua) ha adoptado como verdad. Para el filósofo las palabras no tendrán valor más allá del que le otorguen las personas.

El cantautor, escritor, poeta y filósofo argentino Facundo Cabral dijo: “Doy la cara al enemigo, la espalda al buen comentario, porque el que acepta un alago empieza a ser dominado; el hombre le hace caricias al caballo para montarlo”.

La comunicación es interpretable, y no puede ser entendida como un modelo exacto. Las personas convivimos permanentemente en un lenguaje heredado, cargado de significados, colmado de creencias y emociones. El lenguaje es parte de la comunicación, no obstante hay formas de comunicar que no saben a razón: el lenguaje a veces no es suficiente y resultamos ignorantes para transmitir aquello que no sabe de palabras.